TALLER COLECTIVO DE EDICIÓN

COLECTIVO EDITOR EN CONTEXTOS DE ENCIERRO, BUENOS AIRES, ARGENTINA. Integramos el Programa de Extensión en Cárceles de la Secretaría de Extensión Universitaria y Bienestar Estudiantil de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

¿Cuándo cambió el sistema?

Martín Pali

Taller de Fotografía Estenopeica del CUD

Hoy los muertos son en San Martín. Por el momento, 20 y 50 internados aprox.

Los medios periodísticos cubren la noticia reflejando un asombro tan hipócrita…

Indignado por todo esto, que no es nada nuevo para mí, googleo la zona de San Martín y su relación con el narcotráfico. Encuentro desde el año 1990, a simple búsqueda, diversas historias de igual dimensión –no se puede decir “peor”, porque hoy han muerto personas resultado de lo mismo–. Retomo. Encuentro, año 1990: mameluco Villalba, rengo Pacheco; guerras, millones; zonas liberadas, policías corruptos porque, claramente, sin su aval, nada de esto podría suceder. El que medianamente conoce el sistema judicial, solo viendo desde afuera entiende que hay omisión de muchos funcionarios; no solo policías, sino también fiscales, jueces, intendentes…

Pasan los años, 10 años, llega el 2000, cambia el siglo y sigo viendo la misma historia: narco postulado a intendente, más guerra; pasan los años, caso Candela; pasan los años, muertes en guerras, muertes inocentes, adictos haciendo largas filas en cualquier horario del día…

Pero pucha, qué mente más brillante la mía para darme cuenta de esto, qué inocentes ese periodista y esa sociedad que hace 40 años, en la misma zona, la misma historia y hasta los mismos actores, mueren envenenados y ahora nos asombramos…

Toda esta impunidad sirve para arruinar la vida de sea quien sea ese adicto, tenga la edad que tenga. Con esos adictos enfermos desesperados por la abstinencia, que terminan generando robos, los medios se hacen festines llenando horas de programación, vendiéndolos como inseguridad. Mientras, la gente pide seguridad, y en vez de eso se los engaña con cambios de leyes como si esa fuera la solución. Entonces la gente, más indignada al ver que finalmente nada se soluciona, pide mano dura, y la política de turno, queriendo mostrar compromiso con el tema, otorga mano dura: entrega 1000 patrulleros, 5000 efectivos nuevos, 500 cámaras, se sacan 80 fotos, los políticos hacen campaña y hasta ganan elecciones… peeero… nada se solucionó, todo sigue igual. ¿Entonces? Más allanamientos, más perejiles presos, más adictos enfermos presos, más fotos para los políticos. Y 40 años después, como el primer día, el mismo narco sigue en la misma zona; tal vez hoy está preso, pero la zona sigue siempre igual, o hasta peor, y a la corrupción de las fuerzas de seguridad también se suma la corrupción de los servicios penitenciarios, con jefes líderes presos.

Del 1990 al 2022, ¿cambió algo?

Zonas liberadas.

Policía corrupta.

Narcos millonarios.

Adictos muertos en vida.

Inseguridad en los barrios.

Leyes más duras. Y más cárceles.

Fiscales y jueces que omiten.

Políticos que mienten.

Y durante 40 años, el funcionamiento fue el mismo. Cambiaron algunas formas de política, pero el fondo siempre fue el mismo.

El sistema siempre funcionó igual.

El poder judicial.

Los diputados y senadores.

Y los presidentes.

Siempre garantizando lo mismo, cada uno mediante sus formas.

Droga para los pobres.

Y cárcel.

Villas miserias.

Y guerra de pobres contra pobres.

Los vecinos vs. los chorritos.

La sociedad vs. la policía.

Noticieros dándole forma a esta historia y manipulando el pensamiento de la sociedad. Cuando la evasión fiscal, el enriquecimiento ilícito o la adjudicación criminal de deuda externa a nombre del pueblo avanzan impunemente.

Mientras en casa la sociedad se indigna con el noticiero y un juez de la Corte Suprema mira desde su palacio. Y la sociedad pidiendo justicia al juez, al diputado y al senador….

Nada más triste en esta vida que la ignorancia de la sociedad.

Y nada más injusto que una sociedad en constante guerra consigo misma.

Fin de viaje

Araceli

Basado en el cuento de Juan José Saer “El viajero”, de 1982.

La obligaron a entregar todo            el reloj – los aros – la billetera            el corpiño        /requisa/            le agregaron el apellido que nunca usó            dedos entintados                – Dijeron que no hay novedades              hay que esperar                  violenta suavidad de los modales

Juntó agua limpia en una botellita usada            guardó pan entre el sweater sucio para que no se seque

Sentada con los pechos sin sostén            adivinaba figuras en el piso rústico de cemento            sucio            duro            negro y gris            algunos pocos rastros de una vieja pintura verde            la luz inmóvil de la misma lamparita            alumbraba el silencio            la infinitud de los límites angulosos            a unos pasos            sin pasos            al alcance de un brazo            nadie la conoce

Se acostumbró a esas paredes            al adentro            las únicas            se familiarizó con las rejas            /recuento/            ya no se concebía a sí misma desde otro lugar que no fuera el aquí            el interior            encierro            mujer resignada y gentil            memoria nublosa            no era ella            no ser

adivinaba un afuera            quizás            /requisa/  /humillación/            podía escuchar algún afuera y le dio la tranquilidad de saberse viva            ilusión

            no saben quién era

repitió la misma historia verdadera            una            dos            cien veces            frente a ojos sin expresión            prejuzgan            /recuento/            permaneció con gestos rígidos y furiosos            se sentía un fantasma que nadie ve            que se atraviesa            dedos entintados

rostros inmutables            presuponen            la atan            la desatan            palabras huecas del abogado            jefes de jefes            encargada – celadora            suponen            se equivocan            no saben            nadie sabe nada 

             – Sin novedades            esperar…            esperar…

             – Hice lo de siempre            lo de todos los días            voy a encontrar mi voz            voy a mover el espacio            un papel            soy papel

No hay diferencia            no se siente ninguna diferencia            /recuento/            el carro            el termo de agua caliente            la botellita usada            la soledad de la razón         

De pie leyó en las paredes la desesperación escrita en oraciones dirigidas a dioses que no conocía            dioses que no existen            palabras bíblicas venidas de la negrura de la luz que nunca parpadea            figuras animadas del piso gris

– Cuando sepan se van a tener que disculpar

Paciencia…            nada nuevo            /recuento/            el carro            termo            nada le cuesta más que reconocerse falibles            que fue un error            fin de la esperanza

Se quedó dormida sobre cascotes de estopa            el sueño la atrapó            semáforos  olor a café con medialunas calentitas            acariciar a la perra compañera de donde sea            decoraciones de telas drapeadas            siempre urgentes            bouquets de flores            yerberas            margaritas            phisophilias            abrir picaportes            salir            el teléfono que no cesa de pedir presupuestos            salir            gentío            autos que buscan lugar en el estacionamiento            camiones del reparto            los niños de las colonias ruidosos desordenados            sonrisas            familias cargando bolsos            incontables paquetes            la repetida canción de Pappo para la entrada de los novios            el repertorio de la pista de baile que conoce de memoria            el chispeante fuego abrasador del asado a la cruz            la sincronización de los minutos que estresa            SADAIC            la calidad            las piscinas salpicando carcajadas            los gracias – los por favor – una caricia

Se despertó llena de picaduras de chinches y mosquitos            olor a humedad del colchón            olor a metal            cerrojos            /recuento/            carro            termo            pan seco            rejas            tejidos de alambre            barras            cerraduras que estallan            paredes descascaradas            pequeños pisos desprolijos            huellas entintadas

Ya no se sabía las palabras sordas            no las recordaba            inutilidad de la voz            enmudeció            dejó de orar            solo ruido de cerraduras            /recuento/

             – No hay novedades…      hay que esperar…

Todas ellas eran iguales            las otras            esperando            nunca  ninguna será la misma

Qué voz sin cuerpo…

Anónimo de la Cruz

Taller de Fotografía Estenopeica del CUD

Qué voz sin cuerpo, una mercancía, una materia que consume… ¿Qué suena?… un megáfono… miedo e introspección. Es el ocaso de un nuevo caso, la remuneración está segmentada en los guetos, la moral… ¿Qué me dices? Ahí estás… seguido de un parpadeo, componente de una cara oscura, un flagelo de la intimidad… Son azarosas las teorías que sollozan en un paciente azul y verde. Muy dentro de sus formas se emancipan y en los bordes se concentran nuevos vicios de un verbo transitivo “soslayar” en sus formas no personales, el infinitivo que crea voces como el gerundio… y el presente con su pretérito imperfecto que por ahora ahí me quedó… ¿Qué lenguaje vegetativo? El volar. Explorar. Y navegar, qué ejercicio de catarsis. Con todas las letras y todo esto en mi bolsillo…

La hermosa su belleza acrecentó

al romperse una pierna.

Y aumentó del amante la pasión,

ya de por sí muy tierna.

… todos queríamos una vida normal, como muchos, y otros, cada uno con sus convenciones… igual a una vida nominal… sí, dime… tu voz. Sí que tiene, obvio que te oigo… solo pensaba… cómo así. Si en el Guernica… Sííí. Y El caminante sobre el mar de nubes, parece que estamos lejos de eso…

… los dados fueron lanzados… y en las periferias sus castillos… Así como las torres fueron alineadas pendularmente, para nunca olvidar su propósito: el de agredir.

… así de sigilosa es la Reyna, así como las noches eternas…

Lo que el viento me mostró

Araceli

Capítulo I

De mensajeros indiscretos

Dicen que todos los días son iguales. Dicen que tienen la misma cantidad de horas.

—Yo creo que no es así.

Algunos días se reinventan a sí mismos. El tiempo no debería medirse con iguales minutos. Deberíamos usar relojes de esos que marcan la hora de Barcelona, Nueva York y la hora personal.

Había sido uno de esos días. De esos en que le das golpecitos al reloj para que se mueva porque no podés creer que todavía sean las cinco.

Llegué a casa. No prendí las luces, para poder comulgar los espacios con el cuerpo y no con los ojos. Abrí las ventanas invitando a pasar a la luna. Corrí las cortinas y aspiré la noche. Me preparé una taza de café pensando en saborear un dulzor de victoria por la supervivencia. Olía a temor.

La luna, amable, aceptó mi invitación y se sentó sobre la alfombra oriental. Me regalaba dibujitos de luz sobre los almohadones cuando el viento agitó las cortinas, revisó mis papeles y me acarició la cara. Me penetró con ese gesto helado que en días sofocantes se le agradece.

Esa noche su presencia era como la alarma del despertador o el perro que le ladra a la puerta de entrada.

Abandoné la taza sobre la mesita ratona y salí al balcón para escucharlo con atención. Hizo lo mismo que hace siempre, ni bien me encuentra dispuesta a oírlo, guarda silencio. Entonces lo perseguí por el parque.

Caminé en la arisca oscuridad. No había tiempo para los rigurosos jueguitos de seducción con ella y la atravesé sin permiso para alcanzar al viento que se me escapaba ansioso.

La luna señalaba a un grupo de arbustos del cerco vivo de Jimena Malbrán. Celosos custodios de la intimidad de mi vecina.

—Ya sé que no tienen la culpa. Les encantaría ser venerados como los árboles, respetados en cualquier lugar, jugando todo el día con bichitos, sin la enorme responsabilidad para la que no les da la altura.

Por todo eso me cedieron el paso sin ofrecer resistencia.

Me asomé al jardín de Jimena buscando al viento que en su inconstancia aparece y desaparece, como burlándose de una. Me atropelló por la espalda, me despeinó, dio saltos dejando una estela de pastitos secos que se arremolinaban a su paso en dirección a la casa de mi vecina.

Ella despedía a alguien que yo no podía ver. Recostada sobre la puerta abierta de entrada, envuelta en la bata de raso japonesa que la luna, envidiosa, le hacía brillar entre pliegues.

En su rostro flotaban estrellitas. Sería, quizás, a causa del shibré del maquillaje.

Antes de abandonar el césped, el viento dejó huellas de calzado.

—Eso sí que era nuevo…

Desvergonzado, le abrió de un manotazo la bata exhibiendo su femenina desnudez. Ella intentó detenerlo sin éxito. El muy descarado le besó, a la fuerza, todo el cuerpo, le sacudió el cabello y se instaló, despreocupado, en el sillón del living, flameando las cortinas con suavidad, como dándole tiempo para iniciar una cita.

Jimena no se intimidó.

El amante oculto atravesó la puerta abotonándose la camisa.

—Era Matías.

Se volvió para saludarla y sonriendo se marchó.

La luna me aguijoneó sacándome del estado de parálisis. Me indicó el camino de regreso con una larga flecha luminosa sobre el suelo que apuntaba directo a la puerta de mi cocina.

Los arbustos se hicieron a un lado para no cruzarse conmigo.

El canto de los grillos marcó el ritmo de mis pasos, acelerándose hasta que llegué corriendo.

La taza de café me esperaba todavía caliente.

Matías entró, saludó y fue a la ducha.

Todo se sentía extraño. Los muebles habían cambiado de lugar en mi ausencia. Las paredes adoptaron otro color y el aire había perdido oxígeno.

Salí al balcón con mi taza de café.

El viento cobarde me había abandonado dejándome sin la posibilidad de hacerle preguntas. La ruta de la flecha lunar que me había regresado a tiempo no dejó rastro y ella me observaba desde lo alto con cara regordeta, expectante por mi decisión.

El torbellino mudo de mi mente me ensordecía y no hay algo más inútil que pedirle explicaciones al silencio.

Olvidé al tiempo y sus relojes subjetivos.

Me acosté.

Matías movía la boca pero yo no oía sus palabras. Cuando desperté, él había dejado su lado de la cama tibio y desordenado.

Capítulo II

De grullas y geishas

Dicen que todos los días son iguales, que todos tienen 24 horas.

—Creo que no es verdad.

Había transcurrido un día en cámara lenta. El aire era tan denso que para caminar debía empujar mis rodillas primero, levantarlas y hundir los pies en el espeso éter.

El aire me mantuvo amarrada todo el día. Me pesaba en los hombros cada vez que recordaba la cara de felicidad de Matías despidiendo a su amante semidesnuda.

Recordé el día en que mi amiga Mariel nos ofreció esa valija de ofertas de boutique.

La bata japonesa me eligió a mí, pero Jime me ganó de mano. La dobló y la apartó entre sus compras, mientras una de las geishas bordadas me guiñaba un ojo.

Una alfombra tipo oriental saltó de la valija hasta mi falda, se desplegó y las grullas dibujadas revolotearon antes de encontrar su lugar en la decoración. Era la misma alfombra sobre la que se sentaba la luna durante sus visitas.

Jime fue mi compañera de compras por años. Nos poníamos de acuerdo fácilmente y jamás compartíamos nada que hubiéramos pagado.

—¿Cuánto tiempo haría que compartíamos a Matías?

Llegué a casa después de un día que se dedicó a hacérmela difícil.

Matías descansaba en el sofá vestido con ropa cómoda, concentrado en los mensajes de su teléfono. Movió la boca y respondí adivinando su saludo. No miró el partido y comió poco, sin despegarse del celular.

Me preparé una taza de café aliviadora y me asomé al balcón esperando algo…

El viento se lucía con uno de sus actos de escapismo. La luna miraba de perfil otras galaxias.

Tenía la intención de rendirme, cuando las grullas de la alfombra sacudieron sus picos, elongaron las alas, tomaron envión y volaron saliendo por el balcón. Abandoné la taza de café y las seguí.

No debían dejarla así, descolorida y sin gracia. Sin ellas, la alfombra no significaba nada.

Les chisté para que no me escuche nadie. Les ordené con un gesto que volvieran al dibujo.

La oscuridad celosa y antipática me las escondía. Deduje el destino de su vuelo y corrí hacia el cerco de mi vecina. Atrapé a los arbustos señalando el paso de las grullas. Me hicieron un lugarcito y me sumé a la vigilancia.

Jimena le acariciaba el pecho a un hombre inquieto. Él la alzó y la hizo flotar por la habitación. La besó y la dejó caer sobre su cama.

Al regresar, las grullas ocupaban su sitio decorativo en la alfombra. Matías dormía aferrado a su teléfono. Mi café me esperaba todavía caliente. Tomé la taza y me dirigí a la calle, dispuesta a desenmascarar la identidad del nuevo amante de mi vecina.

Me acomodé en un rincón donde pudiera tener una clara vista de su entrada. Vi salir a un hombre alto, fuerte, poderoso. El café caliente me salpicó para distraerme y en ese segundo lo perdí. Solo quedaron un par de huellas de zapatos.

—Eso sí era raro.

Recorrí el vecindario buscándolo. El viento me empujó a regresar y acepté sus razones… —¿Por qué estaba yo, ahí, tratando de encontrar un fantasma?

De camino encontré al sol escurriéndose brillante sobre el auto de Matías, que montaba guardia frente a la puerta de su amante. Me deslicé invisible por su lado y volví a casa.

Capítulo III

De lo que se es capaz por amistad

Dicen que todos los días son iguales.

—No es verdad.

Algunos no guardan respeto. Salen de paseo por otras estaciones. Días de verano se atreven al otoño y no ceden. Uno de esos desubicados me sorprendió con sed y sudor. El sol, cómplice, me azotaba con sus rayos, mientras le prendía fuego al verde parquizado de las veredas. Autoritario e inflexible, no me permitió cuestionarlo cara a cara. Me obligaba a cubrirme los ojos hasta perder la orientación.

Rogué en mi interior por un ratito de alivio y una sombra refrescante me llamó por mi nombre. La abracé como a una vieja amiga y acepté su cordial ofrecimiento.

—¿Dónde se había escondido el viento?

Disfrutando la charla con la graciosa sombra le confesé mi relación secreta:

Cuando era una niña pequeña le tomé cariño. Me acercaba a él con lindas frases y sin desprecio.

En Jardín, la maestra nos enseñó a hacer un llamador con tubitos. No se lo regalé a mamá como los otros chicos. Lo colgué en mi ventana dedicándoselo a mi amigo viento.

Él saltaba delante de mis saltos. Avanzaba si yo avanzaba, retrocedía si me quedaba quieta. Él me envolvía con sus brazotes y yo reía con sus cosquillas.

Un día sellamos un pacto. Cruzamos los dedos y juramos ser amigos para siempre.

Me recuperaba de la sofocante caminata cuando caí en cuenta de que, desde ahí, podía ver la casa de Jime y a Matías, nuevamente, vigilándola.

Por la puerta salió el corpulento hombre que seducía a mi vecina con actitud despreocupada, como para que todo el barrio se enterara del romance.

Matías, sin opciones, se retiró vencido.

El enorme hombre se desvaneció ante mis ojos, dejando una estela de pastitos secos que se arremolinaron hacia mí. Me despeinó, me acarició la cara y me susurró al oído: —“Amigos para siempre”.

Capítulo IV

Del tiempo que todo lo cura

Dicen que todos los días se parecen.

Estoy convencida de que el tiempo vive con sus propias reglas. Para él no existen imposibles.

Llegué a casa sin recordar la última vez que vi a Jimena. Le propuse a la oscuridad que nos hiciéramos compañía. Ella me miró, desconfiada, con sus cien ojos. ¡Es tan mala anfitriona! Nunca intenta hacerte sentir bienvenida. Ansiosa por quedarse sola, te invita a retirarte. La traté con suavidad y al ratito nos amoldamos mutuamente.

Desde su cobijo protector vi a Matías hacer un trato con el tiempo y, sin equipaje, se fue con él para siempre.